La guerra en la tienda de Babel. Parte I: La tienda

El panorama del inmigrante en Reino Unido. Abusos laborales, ausencia sindical, contratos de cero horas… y, de pronto, un nuevo horizonte para luchar contra todo ello.

 
20 de septiembre, 2014

Era, a primera vista, el lugar perfecto para trabajar. Una bonita y refinada tienda de alimentación, ubicada en la calle principal de Brighton, ciudad al sur de Inglaterra. Colorida, pletórica de aromas y nacionalidades, era un imán para chefs, frutívoros y de amantes de lo exótico. Allí el catálogo de ingredientes era tan colorido e internacional como lo eran sus trabajadores, sus dependientes… y su clientela, la gente que llenaba aquel ruidoso y exótico espacio para adquirir un puñado de fruta india, una especia para el pollo o el ingrediente que le faltaba para hacer este plato japonés. Daba la sensación de que no existía idioma en este planeta, vivo o muerto, que no hubiera sido hablado entre las cuatro paredes de esta tienda. 
Jessica llegó allí, como tantos españoles llegan a Reino Unido, nueva, insegura, con poco dominio del idioma, después de haberse destrozado las manos durante meses limpiando en hoteles. Anteriormente alguien había llegado a decirle, “confórmate: con ese inglés nunca encontrarás otra cosa mejor”. A pesar de ello tuvo tesón y suerte y la contrataron en nuestra preciosa tienda. Conoció a los trabajadores paquistaníes, a los fruteros y carniceros que hacen pausa para ir a rezar cara a la meca; también, a las cajeras (todo féminas y entre las cuales sumábamos siete nacionalidades incluyendo española, italiana, estonia, francesa, portuguesa, paquistaní y polaca). Le dijeron verbalmente que iba a trabajar ocho horas seis días a la semana. Pidió un contrato y no se lo dieron, y ya no insistió más. En cuanto a papeles se refiere, los cheques son para un recién llegado más importantes que ningún otro. Supo que a algunos de sus compañeros, los simpáticos fruteros originarios de países más torturados, les pagaban menos del mínimo (pero qué le vamos a hacer). Conoció, también, a Sami, el supervisor.
Él era la cabeza visible, el pequeño mandamás, un paquistaní canijo y de gesto déspota. Todos conocían de él su parentesco con los jefes, su matrimonio de pega a los veinte, su brusca manera de mirar a las trabajadoras por encima del hombro. Jessica tuvo que tragar su trato paternalista y rudo, sus malos modales, sus humillaciones, hasta el día en que tuvo una pequeña discusión con él. Él decía que no podía cogerse esa semana de vacaciones; ella, que él ya le había dado permiso anteriormente y el vuelo estaba ya pagado. Hubo un rifirrafe. Sami cedió… con una amenaza. <<Vete>>, le dijo, <<pero tú no tienes nivel de inglés suficiente como para trabajar aquí>>.
Jessica, en aquel momento, se olió una venganza pero lo dejó pasar. Al regresar de vacaciones se dio de bruces con ella.
Sami tenía entonces otra sonrisa muy distinta. <<Ya no te necesitamos>>, le dijo, tranquilamente. <<A partir de ahora, trabajarás dos días a la semana; sólo cuando te llamemos>>. Bajo aquellas palabras había un despido improcedente. La excusa: que tenían demasiado personal; la realidad: que, durante sus vacaciones, habían contratado a una chica nueva. Cuando Jessica, perpleja, protestó, diciendo torpemente que era injusto y que necesitaba el dinero para pagar el alquiler, el supervisor sonrió y se encogió de hombros.

<<A partir de ahora, trabajarás sólo cuando te llamemos>>, fue con lo que se encontró al llegar de vacaciones

Sin ya nada que perder, presuponiendo ante la falta de explicaciones que aquel despido había sido una venganza ejercida por aquel supervisor, decidió hablar con quienes estaban por encima de él. El encogimiento de hombros, para su desolación, fue idéntico. La acusaron de haberse ido de vacaciones sin aviso y “mientras la tienda necesitaba gente”. ¿Cómo demostrar lo contrario? Le repitieron, “ya te llamaremos”. ¿Cómo consolarse con esa promesa estándar?
Aún perdida en la impotencia, en la terrible duda de cómo iba a sobrevivir en aquel país frío y distante sin un empleo, en la incertidumbre de si podría volver a encontrar otro, estaba aún convencida de que había hecho bien su trabajo durante seis meses; que no había motivo para, de pronto, alegar que no era buena y despedirla. Viendo que aquéllos para los que había trabajado habían sufrido la peculiar metamorfosis de ser sus benefactores a ser sus enemigos, que apenas tenían la decencia de escucharla ni de darle una explicación clara, ambas, ella y yo, empezamos a buscar una forma de hacer justicia.


Primero contactamos por email con la Oficina Precaria, una asesoría virtual que ayuda a trabajadores de todo el mundo a conocer y luchar por sus derechos y que tiene una “filial” en Londres. Tras saber de su situación de trabajadora con contrato verbal le recomendaron pedir uno escrito para analizar las condiciones y, una vez hecho esto acudir al Citizen Advice Bureau, un centro que realiza asesorías legales gratuitas, dado que <<ellos, mejor que nadie, conocen la legislación inglesa>>. Allí fuimos. Después de hacer cola desde las frías siete de la mañana, nos atendió una de sus abogadas retiradas y escuchó paciente las condiciones en las que Jessica estaba trabajando, con su contrato de cero horas.

Llegó a trabajar diez horas al día durante semanas y quince días sin librar. Conocía su horario mediante un mensaje del mánager la noche anterior

Los contratos de cero horas como el que tenía Jessica son una especialidad británica. Verbales (como el suyo) o no, se basan en la libertad del empleador para dar al que trabaja más o menos horas, de acuerdo con la necesidad de la tienda… lo que se traduce en comodidad para el jefe e inestabilidad laboral para el trabajador. Jessica ilustró a la abogada con su ejemplo. Contó que conocía su horario laboral mediante un mensaje la noche anterior, que “no podía hacer planes”. Los turnos se flexibilizaban a placer; cada vez que les dices sí atas un nudo más en tu cadena. <<A veces tenía que trabajar diez horas cada día durante la semana entera>>, relata. <<El mánager alguna vez se “olvidaba” de los días libres; llegué a estar quince días trabajando sin descansar… incluso aunque me quejé>>. Comentó entonces, con ironía, que para ser explotada “no era tan mala trabajadora”. Lo fue sólo cuando protestó, al parecer. <<Si mi inglés no era suficientemente bueno, ¡no hubiera sido buena para trabajar durante seis meses, a veces diez horas al día, y quince días seguidos!>>
Tras escucharnos, y a pesar de su empatía, el veredicto de la abogada no pudo ser más lúgubre:
<<Lamento mucho decir esto>>, dijo, <<pero no hay mucho que se pueda hacer>>.
Y explicó por qué: efectivamente, siempre que no se tenga contrato no hay nada ilegal en todo lo que ellos han hecho, incluso “aunque sea tan injusto”. Y, en caso de tener un contrato verbal, éste sería un contrato de cero horas, luego el despido arbitrario seguiría siendo inaceptable moralmente pero perfectamente aceptable a ojos legislativos. Una de las indecencias de un sistema fabricado por y para los poderosos.
Al salir de aquel lugar, la sensación de zozobra era enorme. Cuando una injusticia entra dentro del círculo de lo legalizado, cuando a uno lo tratan así sin posibilidad de revancha, el trabajador se siente sólo un utensilio, un pañuelo limpiamocos, una herramienta que el poderoso usa con desdeño hasta agotarla… y finalmente, en lugar de deshacerse de ella, ordena a sus subordinados que sea arrojada al contenedor, y busca otra nueva. 


A pesar del varapalo dado por los abogados, Jessica sabía “en el fondo” que algo se podía hacer. Así fue como, a través de un anuncio en Facebook preguntando por una asesoría, contactó con SolFed.
Solidarity Federation es un sindicato anarcosindicalista vinculado con la AIT y con presencia en toda Inglaterra (es decir, la prima británica de la CNT)que en Brighton ha pasado de ser una sección reducida, apenas un grupo de propaganda, a un colectivo cada vez más fuerte e importante. Después de haber participado activamente en conflictos como el universitario y la lucha contra el worfare, ha creado hace poco en la ciudad costera una atractiva iniciativa: una campaña de acción directa para ayudar a los trabajadores de hostelería en la ciudad.
Para ello, sus miembros tuvieron que analizar una situación laboral anglosajona que dista mucho de ser la tierra prometida que los inmigrantes españoles buscamos. Pablo, exiliado laboral español, antaño miembro de la CNT y ahora afiliado a SolFed, sabe mucho de dicho “paraíso de la precariedad”:
<<La economía de Brighton se basa en la explotación>>, asevera. <<Gran parte del PIB de este país viene de la mano de obra inmigrante>>. El panorama con el que él mismo se topó fue un mercado laboral salvajemente desregularizado, donde le llamaron mucho la atención cosas como el contrato de cero horas, la liberalización del sector de las agencias o la baja incidencia sindical. Un mercado laboral flexible, especialmente diseñado para inmigrantes de paso: un “paraíso para explotadores”, lo define, donde desgraciadamente siempre hay personas en situación irregular aún más jodidas y explotadas que tú mismo.
<<Desde que empezamos la campaña, hemos visto de todo>>, dice. Gente trabajando por hasta dos libras la hora (siendo 6,31 libras el mínimo), horas que no te pagan, jornadas sin descansos, horarios excesivos…

<<Hay gente trabajando por dos libras la hora, haciendo sesenta horas semanales, impagos… La inestabilidad laboral impide protestar>>

<<Un chaval que curraba conmigo echaba sesenta horas o más a la semana; tenía problemas de espalda gordos, y a veces salía a las dos de la mañana y del trabajo se iba a urgencias… y vuelta a empezar al día siguiente>>. Además, hay empresas que ofrecen trabajos fraudulentos: realizas un supuesto training no pagado (algo ilegal) y, cuando lo acabas, no te llaman más. <<La inestabilidad laboral es el quid de la cuestión>>, dice Pablo: <<Te pone en una situación tan débil que no protestas… estás sujeto a todo tipo de abusos>>.

Y, en semejante panorama, ¿qué hacen los sindicatos? <<El tema de acción sindical está hecho una mierda>>, reconoce. <<Aquí el sindicalismo de base se destruyó hace muchos años>>. Él describe a los sindicatos como gestorías que ya no cumplen la función de controlar y poner límites, además de resaltar la baja asociación sindical “sobre todo entre gente joven”. <<En hostelería es casi imposible hacer acción sindical, y los grandes sindicatos no están interesados en este campo>>, agrega. Por eso mismo, aprovechando ese vacío legal y justiciero, se decidió realizar la campaña, de la que sólo entonces oímos hablar nosotras como a quien le sale a flote una tabla en el océano.


Nos citamos con varios miembros de SolFed en una noche de niebla, en un pub puramente británico, con una Guinness y unas velas. Jessica les contó su historia –ese relato en un inglés inseguro que había recitando tantas veces, incluyendo algunas de práctica conmigo de oyente, y que yo ya me sabía de memoria-. Ellos, simplemente, comprensivos y conmovidos, reconocieron un nuevo caso de abuso laboral, con el mismo verdugo, con idéntica víctima (otra mujer, otra joven… otra inmigrante).
Ya habían conseguido algo previamente. Una trabajadora a la que se negaron a pagarle las vacaciones acudió a ellos. En este caso bastó con una carta enviada a los jefes para hacerlos acceder a las reclamaciones. En otra situación hizo falta imprimir algunos panfletos informando de la situación y repartirlos por los parabrisas de algunos coches cercanos al negocio donde sucedió ésta. El resultado también fue positivo: el jefe decidió pactar. Los miembros de este sindicato son duchos en piquetes y otras medidas de acción directa; uno de ellos me cuenta que, en una ocasión, sólo para imprimir los panfletos de una acción en la que pretendían que se le pagara una pequeña cantidad de dinero a una trabajadora, se gastaron entre todos más dinero del que reclamaban. Y que valió la pena, por supuesto.

Los miembros de este colectivo son duchos en medidas de acción directa: campañas de información, piquetes, `boikots´… un nuevo universo de acción

Nos dijeron, aquella tarde de niebla y de Guiness, que el no tener contrato o tener uno verbal dificultaba la protesta. Que legalmente no se podía hacer nada. Que, sin embargo, una buena forma de presionar sería hacer que se unieran todas las trabajadoras para pedir un contrato escrito. Otro de los miembros del sindicato era una joven española que trabajaba limpiando hoteles, también con contrato de cero horas. Reconoció estar lidiando con una precariedad similar. <<A veces te hacen sentir que tú eres la culpable de estas situaciones. Pero no lo eres>>, le dijo a Jessica, refiriéndose al “castigo” de la reducción de horas. <<Ni tu inglés, ni haber pedido tus vacaciones… Intentan hacerte sentir culpable para justificar cualquier cosa>>.
Pablo fue el primero que pronunció la palabra “piquete”. Lo escuchamos embelesadas, entre bruma de cerveza y proyectos. ¿Seríamos capaces de llegar tan lejos… dentro de nuestra propia tienda? En ese momento se nos acababa de abrir un horizonte nuevo, un camino tan libre que la anquilosada legislación no podía apenas penetrarlo sin romperse. Ellos nos repitieron que teníamos su apoyo. Que una campaña de desprestigio sería muy dañina para un comercio con semejante high-profile. Que los jefes no querrían arriesgarse. Que podíamos ganar o perder, pero que valía la pena intentarlo… etc.

Nosotras ya apenas oíamos. La excitación de conocer de golpe que hay otras formas de hacer justicia, de enfrentarse al poderoso, de equilibrar las fuerzas entre el jefe y el trabajador, es indescriptible. 


Sigue aquí: Parte 2/3: La carta

Artículo e ilustración: Diana Moreno

1 comentario :

  1. Me gusta tu estilo, aparte de compartir experiencias y opiniones similares al respecto. Influencias del amigo Bukowski quizás?

    Otra víctima más del contrato "Zero Hours" y en general del abuso hacia el más débil.

    Verdad, Consciencia, Activismo y lucha lo más pacífica posible, el único camino. "La realidad, un camino de cristales que hay que pasar descalsos", by Fito.

    Un niñato aspirante a indecente. Desde Manchester con amor y camino de Ziguatanejo. Saludos.

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