La guerra en la tienda de Babel. Parte II: La carta

De las peripecias y complicaciones de la más importante de las tareas cuando hay un conflicto en el puesto de trabajo: organizarse.


3 de octubre, 2014

En un mundo en el que los jefes siempre tienen más poder que el trabajador y el trabajador pocas veces gana lo que merece ganar, defender la propia dignidad es vital. Y en el preciso y nunca bienvenido momento en el que unos trabajadores deben enfrentarse, unidos, a una injusticia laboral, hace falta idear una solución, unas tácticas, unos pasos a seguir… y, para todo ello, es necesario organizarse.
Sin duda, no todos los ambientes laborales facilitan esta difícil tarea por igual. Pocos trabajos tienen una organización activa de trabajadores, como un sindicato. Así sucedía en nuestra tienda, donde había sido despedida de forma injustificada una compañera. Pero, en nuestro caso, la unión y contacto continuo de las trabajadoras nos permitió crear una alianza y decidir que había que hacer algo. Del clima adverso al que nos enfrentábamos todas nació esa unión. <<Nos apoyábamos mutuamente>>, dice Jessica, la trabajadora despedida, <<porque veíamos que las circunstancias eran injustas>>. Éramos todas mujeres inmigrantes, de edades similares, en circunstancias de la vida muy parecidas… y gracias a las muchas horas juntas fue fácil crear vínculos previamente.
La comunicación fluida entre los trabajadores es clave para la organización. No en todos los lugares de trabajo se puede crear un contacto directo (en algunos trabajos existen centros separados, o los trabajadores son temporales, por ejemplo). Nosotras, aunque la tuviéramos restringida durante las horas de trabajo, nos las ingeniábamos para mantenerla. Bajo la mirada severa de mánagers y supervisores, que apenas nos permitían hablar entre nosotras y que vigilaban nuestras huidas al baño o descansos para beber, desobedecer a hurtadillas era parte de un protocolo de insurrecciones en comandita a las que nos acostumbramos día a día, en equipo. Debatimos en los momentos sin clientes en la caja, los ratos de reponer, las escapadas al baño o los descansos… y, por supuesto, la comunicación fuera del trabajo (quedadas breves, teléfono o redes sociales). De ese modo conocimos el desacuerdo colectivo, el hartazgo general, las ganas de cambiar las cosas, y fue el primer paso para hacer algo.
El segundo consistió en una mirada más exhaustiva hacia el propio comercio. Sin contar jefes y supervisores, éramos unos quince empleados en aquella encantadora tienda de alimentación asiática del sur de Inglaterra, divididos en dos grupos diferentes. Por un lado estaban los trabajadores paquistaníes: duraderos, musulmanes, todos hombres, jóvenes o no, algunos en situación irregular. Todos celosos de que la carne fuera halal y resignados a jornadas interminables y salarios infralegales. Por otro lado, y muy disímil, estábamos las cajeras: mujeres, europeas, jóvenes y temporales; todas conservábamos hasta la última libra de nuestro sueldo para nosotras y teníamos mucha más tolerancia a la comida “impura” que a las jornadas laborales excesivas.
A la hora de buscar aliados para pedir mejoras laborales, decidimos que involucrar a los demás trabajadores hubiera sido demasiado complicado. Los fruteros, los carniceros, los cocineros… ¿cuántos nos apoyarían y actuarían en nuestra defensa? Era difícil de contestar. Todos nos apoyaban. Pocos actuarían. Algunos estaban en una condición ilegal que les ataba a los jefes incluso aunque éstos les estuvieran pagando la infame cantidad de cuatro libras por hora. Así pues, ¿cómo iban a arriesgarse a ayudarnos?

Buscar aliados y tener una comunicación fluida: dos imprescindibles para iniciar un conflicto laboral

Desde el principio decidimos que el conflicto sería sólo nuestro: de las diez dependientas. Jessica, la cajera despedida, era un reflejo de lo que podía sucedernos a cualquiera de las otras.
   De ese modo decidimos pasar a la acción todas juntas. O, al menos, empezar a sopesar opciones.
El siguiente paso, habiendo contactado ya con el sindicato que nos serviría de guía de acción, era reunirse periódicamente con él y entre nosotras. El dónde y el cuándo también hubo que elegirlo premeditadamente. Cualquier lugar externo y, por tanto, fuera de alcance de la mirada omnipresente de los supervisores era aceptable. Un lugar público, una casa, una biblioteca, un café, un parque… La hora de quedada era más compleja, dado que ninguna compartíamos horarios ni días libres: tendría que ser al final de la jornada, cuando la última trabajadora hubiera acabado: a las nueve de la oscurísima noche inglesa. 
En las primeras reuniones con el sindicato nos juntamos apenas tres o cuatro de nosotras, en una biblioteca de un centro político a la que tenían acceso. Fueron las reuniones para delinear metas y tácticas. Las primeras eran más claras: que readmitieran a Jessica o le pagaran una indemnización y, para el resto de nosotras, un contrato de al menos 35 horas: de ese modo no corríamos el riesgo, ninguna, de que nos hicieran lo mismo que a ella -una “reducción de horas”- en venganza por apoyarla. 
Las tácticas nos costaron otro par de reuniones –también con poca afluencia de nuestra parte: era sorprendentemente difícil reunir a todas tan tarde, tan lejos-. Asimilamos que la ley nos abandonaba. Sopesamos otras opciones. En caso de que la carta con reivindicaciones no fuera atendida podríamos pasar a acciones de persuasión (y nuestros colegas anarquistas tenían, para idearlas, más tablas e imaginación).
<<Se trata de la típica tienda trendy a la que va la gente de clase media que apoya la diversidad racial… Sería muy dañino para ellos hacer una campaña en su contra>>, aseveró certeramente uno de los compañeros. Ellos se ofrecieron a apoyarnos (pero las decisiones serían siempre nuestras, así como el éxito o el fracaso), y a entregarles a los jefes la carta que redactáramos. Nos propusieron algo que supuse que gustaría a muchas compañeras más reticentes al conflicto frontal: que no hubiera cabecillas, que fueran ellos los mediadores. Actuar de una forma indirecta, no anónima pero sí grupal, da protección.
De momento tan sólo unas pocas compañeras habíamos decidido pasar a la acción; las demás seguían dudosas ante la idea de involucrarse. No siempre es fácil atreverse a defenderse cuando nos han enseñado, precisamente, a no defendernos. Les hacía falta un “empujón” que, por desgracia, llegó pocos días después.


Un buen día, la compañera polaca le dijo a Sami, el supervisor, que quería un día de vacaciones para celebrar su cumpleaños. Éste sonrió:  
<<Lo tendrás, pero no se te va a pagar>>, dijo.
Efectivamente, ese mismo día nos dejaron claro que, a partir de ese momento, nuestras vacaciones no iban a ser pagadas. Jessica, de hecho, era la última que va a contar con ese derecho elemental. Yo, que acababa de venir precisamente de cuatro días libres, miré mi contrato. En él ponía que si abandonara el trabajo, perdería las vacaciones que no hubiera disfrutado. Según el miembro del sindicato experto en ley inglesa, esa condición no es legal ni aunque esté escrita en el contrato; de hecho, lo invalida. Las vacaciones para un trabajador, tuvimos que convencernos, son un derecho, no un antojo. 
El comentario más oído durante los siguientes días en la tienda resaltaba la, digámoslo suavemente, falta de catadura moral de los jefes en un puñado de idiomas distintos. La indignación era compartida, pero nadie dijo nada (igual que habíamos hecho cuando echaron a Jessica). Nadie protestó, y ese no protestar era el abono que incubaba futuros abusos como aquel nuevo impago de las vacaciones. Tariq, mi compañero paquistaní, dijo que no nos quejáramos: que él llevaba cuatro años trabajando allí sin vacaciones pagadas, que “en todas partes sucedía lo mismo”. Más tarde le pregunté al hombre indio de la oficina, el que nos sellaba los cheques semanalmente, que de quién había sido la idea. No me respondió con palabras, sino con un gesto inequívoco con ambos brazos: simuló abarcar la barriga de un hombre gordo.
Un hombre gordo... el que tomaba las decisiones... No podía haber otro. 

Sumamos a nuestras reivin-dicaciones un derecho básico de todo trabajador: unas vacaciones pagadas

    El “gran jefe”, el que estaba en lo más alto si escalamos esta jerarquía laboral, era un tipo orondo, severo y campechano. De los que farda de su BMV, de los que invita a sus colegas a la ración más cara del lugar. Era nieto del hombre que abrió aquella pequeña tiendecita en la que se ha convertido el próspero negocio actual; tenía rasgos paquistaníes y acento inglés, como toda la familia. Cuando caminaba deprisa daba la sensación de que su imponente pisada tambaleara las estanterías de las especias. Tenía un ceño fruncido y un mohín que parecía siempre a punto de saltar convertido en una ruidosa broma o una ruidosa reprimenda.
El resto de los jefes se le parecía bastante. Uno de ellos, su hermano, más elegante y discreto, se dejaba ver poco y mandaba en la sombra, aunque alguna vez lo vi cargar cajas y sustituir al carnicero. Tenían tres sobrinos, más jóvenes y con idéntico ceño y prepotencia. Ninguno, jamás de los jamases, saludaba a los trabajadores si podía evitarlo. 
A la siguiente reunión con el sindicato fuimos Jessica, la italiana y yo. Escribimos las reivindicaciones, que ahora habían pasado a ser cuatro:   

1-Un contrato escrito, de al menos 35 horas semanales. Conseguirlo sería un pequeño paso en la lucha contra el infame contrato de cero horas.  
2-Vacaciones pagadas, y un proceso claro para solicitarlas (para evitar lo que le sucedió a Jessica cuando el supervisor “olvidó” sus días libres).
3-Un trato digno por parte de jefes y supervisores.
4-Jéssica recibiría una cifra que rondaba las 700 libras por las vacaciones que no disfrutó y las tres semanas que, a pesar de seguir contratada, la tuvieron sin trabajar. 

Debatimos sobre si la carta con estas reivindicaciones debía estar firmada únicamente por las trabajadoras o si la debía firmar el sindicato. Decidimos que por ambos.
Discutimos sobre si el resto de trabajadores debían verse involucrados. Optamos por que no.
    Dialogamos. Discutimos. Extendimos sobre la mesa las opciones realistas y las imposibles. 
La pregunta era: ¿estábamos dispuestas a asumir el riesgo? ¿Hacerle un pulso a los jefes, asimilar las consecuencias que pueda tener la entrega, a todas luces pacífica pero profundamente combativa, de esta carta?
Yo indagué en mi interior: lo estaba. ¿Y las demás?


Iba llegando el momento, para nosotras, de pasar realmente a la acción, de dar la cara. El lugar de trabajo es uno de los sitios donde la protesta puede resultar más complicada y perjudicial, como todos sabemos, precisamente por la relación desigual de poder. Hay un puñado de razones por las que el trabajador puede optar por esa actitud degradante sin excepciones que es la sumisión. ¿Las más comunes de las excusas para no actuar?: el miedo al jefe, la desconfianza hacia los sindicatos, la simpatía por los mandamases, darle poca importancia al trabajo por ser éste temporal… pero, mayormente, la falta de fe en que las cosas pueden llegar a cambiarse.
Igual que les pasaba a los miembros del sindicato, a mí también me preocupaba que mis compañeras no estuvieran entendiendo del todo lo que nos jugábamos. Emprender un conflicto contra tus superiores supone, por supuesto, arriesgarse a unas represalias muy claras. A ser despedido, en primer lugar (o a recibir una “reducción de horas”, en este caso, con idéntico efecto). A que nos trataran mal. A sufrir un ambiente incómodo. A que a las “cabecillas” se les dieran peores turnos, funciones más penosas. A que intentaran separarnos entre nosotras, hablar con cada una por separado, manipularnos, forzarnos al enfrentamiento o a la acusación mutua… Desde el colectivo, que nunca dejó de orientarnos, ya nos previnieron de todo aquello. 
Porque es importante hablar con cada trabajador, yo fui escuchando, uno a uno, todos los temores de cara a un posible despido. La italiana estaba preocupada porque tenía que cambiarse de casa y necesitaba referencias laborales; la polaca, porque vivía prácticamente al día, sin ahorros, “de cheque en cheque”. La otra compañera española tenía un motivo de preocupación más personal y menos materialista: mantenía una relación con un pariente de los jefes y no quería que ésta se viera perjudicada si se enrolaba en una “cruzada contra el negocio” como aquélla. Todas teníamos miedo, además, de vernos intimidadas o interrogadas en un idioma ajeno. Poco a poco, y a fuerza de charlas y esperanzas, todas las excusas quedaron a un segundo plano y todas pusimos en primer plano la justicia. Tan sólo la chica paquistaní quiso quedarse al margen, movida por la opinión de sus padres y la perspectiva de perder el empleo (es justo decir que nadie la presionó ni menospreció por ello, como difícil es juzgar la situación de una inmigrante irregular). Tampoco la nueva chica italiana, a la que habían contratado para suplir a Jessica, estaba segura dado que acababa de toparse, de sopetón, con un conflicto totalmente nuevo.
El resto de trabajadoras dejamos de lado los miedos. Y lo hicimos porque, por otro lado, cuantas más éramos, y cuanto más unidas, más improbable era ser despedidas todas.

Nos vimos obligadas a sopesar y asumir uno a uno los riesgos a los que nos exponíamos por pedir mejoras laborales 

Aquel miércoles, Jessica y yo aprovechamos mi día libre y lo dedicamos a reunir las firmas una vez que la carta de reivindicaciones estuvo impresa. Todas las trabajadoras, salvo una, aceptaron firmarla, con más o menos recelo y con más o menos comprensión de la situación. Incluso la italiana nueva lo hizo, finalmente (supongo que para integrarse y a pesar de que yo le dejé claro que aquello era serio, que prefería que no firmara si no estaba segura). La junta de firmas se hizo como se pudo -en los descansos, a la entrada esperando una a una a todas las trabajadoras que acaban su turno- y no pudimos evitar generar sospechas. Al día siguiente, en las charlas cifradas de los paquistaníes de la frutería, distinguí varias veces nuestros nombres: todos estaban murmurando y preguntándose qué tramábamos.
Finalmente, firmamos todas menos la trabajadora paquistaní. Esa noche tuve la hoja de las firmas -después de la inenarrable odisea de juntarlas todas-, en la mano, ya en casa. La estuve mirando un rato. Me aprendí las caligrafías de cada una, todas tan diferentes. Vi que la polaca y yo somos las únicas que no escribimos más que las iniciales. Que la francesa prefiere poner su nombre después del apellido, y no antes. Que sólo los DNIs españoles tienen letra al final. Que la estonia sólo ponía su nombre, y la portuguesa su apellido solamente. Que los apellidos polacos son impronunciables. Que la italiana tenía letra de niña, pero firma de adulta… etc.
Lo miré mucho rato, muchas veces. Era tan emocionante tener aquello en la mano.

Pese a mis temores, mis compañeras daban vistos de saber tan bien como yo a qué nos enfrentábamos. Todas tuvimos claro que podíamos ser despedidas. Creo que fue una idea unánimemente aceptada, que cada una asimiló a su manera. Ese día, mientras esperábamos a que los dos representantes sindicales entraran en la tienda con la carta en la mano en dirección a la oficina, yo las veía atender nerviosas, temblando, riéndose; la polaca y la estonia se despedían, de broma, de los clientes comunes e ideaban toda clase de "trabajos alternativos" que, cómo no, incluían servicios sexuales ofrecidos a cambio de las mismas ofertas por los que vendíamos la fruta.  
La espera fue tensa durante los próximos días. Ver pasar a los jefes, intentar averiguar en sus rectas miradas si habrían leído la carta… se volvió común. Intentamos imaginar sus caras al leerla por primera vez y ver, una a una, las nueve firmas. Fantaseamos en voz alta. ¿Se lo habrían tomado a broma? ¿Se habrían impresionado? A veces, por supuesto, me entraban dudas respecto al sindicato. Nos habíamos echado a sus brazos después de que la ley nos desamparara... pero, ¿era aquello realista? ¿Podríamos conseguir algo, verdaderamente? En los ratos de flaqueza era difícil mantener esa fe. Pero habíamos decidido jugárnosla y eso era todo.

Una vez dejados atrás los temores, firmamos la carta las nueve: todas las trabajadoras salvo una

La reunión con el “gran jefe” tras la entrega de la carta fue en su despacho, después de varios días de perseguir el encuentro sin éxito. Acudimos dos miembros del sindicato con tres trabajadoras: la portuguesa, Jessica y yo. El jefe estaba solo, en su oficina llena de archivos y cámaras orwellianas y nos recibió ya violento. Las explicaciones de los mediadores, a quienes dijo “no reconocer como intermediarios”, le pusieron de peor humor. Cuando le mencionamos lo de las vacaciones, negó todo: <<Siempre han sido pagadas>>, dijo. Aseguró que era un error y que hablaría con el supervisor (una poco elegante forma de quitarse las responsabilidades y descargarlas en el “siervo” de turno). Pospuso el resto de temas. Se hizo la víctima: levantando la carta de las firmas en la mano, nos preguntó que qué significaba eso de “trato digno”. <<¿“Trato digno?”>>, vociferó, interrumpiéndonos. <<¿Os he tratado alguna vez sin respeto? ¿No os digo buenos días todas las mañanas?>> Juro que ante aquella coartada tan simple me quedé sin argumentos; Pablo, el acompañante del sindicato, acudió a mi rescate, ayudándome a no perder la perspectiva: <<A mí no me parece digno echar a una trabajadora a la calle sin motivo>>. A pesar de nuestras intentonas de explicación, el jefe nunca dejó de decir que no había hecho nada incorrecto, que el contrato de cero horas era legal, que Jessica era una “mala trabajadora” y que no eran necesarios los intermediarios.  
Más tarde, ya sin miembros del sindicato de por medio, el jefe fue efectivamente llamándonos por separado para hablar con nosotras. Primero, a mí, para expresarme su descontento e insistir en que Jessica era un caso “especial”; después llamó a su despacho a la italiana para, de forma intimidatoria, mandarle un mensaje que ella debería enviar al resto: que las vacaciones vuelven a ser pagadas, que el contrato no se cambia, y que no más “mediadores”. Se tomaron, además, la molestia de repartirnos una carta impresa incidiendo en el último punto.
Al día siguiente de la sonorísima bronca con el jefe, fue muy interesante ver cómo toda la tienda andaba hablando del tema. 
Por la mañana, nada más llegar, Tariq, mi compañero paquistaní, me miró disimuladamente con una sonrisa mientras abrían la puerta y, acercándoseme, me dijo que estaba “muy contento con lo que habéis hecho”. Mohammed, el frutero grandullón, inició un ambiguo discurso sobre la “vida fácil” de los “europeos” pero, más tarde, el hombre que ha estado once años sin vacaciones pagadas hizo un comentario sobre lo mucho que le gustaría hacer un viaje a España. Y el viejo cocinero, siempre acogedor y paternalista, me expresó primero su enfado agregando que la cocina estaba desde ahora “cerrada para mí”… para más tarde acercárseme y confesarme, en su torpe inglés, que se trataba de una broma, que él estaba “de nuestra parte, y no de la de los jefes”.
Fue muy emocionante: ¡teníamos, pues, el apoyo de todos!
Yo sentía entonces que la tienda entera nos apoyaba, nos respetaba. Algunos, como Tariq, hubieran hecho lo mismo de haber podido. Estábamos haciendo algo que nadie había hecho hasta ahora… y todas juntas, por primera vez. Aquello me dio fuerza para seguir adelante sin rastro ya de temores ni dudas.

Un jefe abusivo puede reaccionar ante la protesta con indignación, superioridad o fingiéndose traicionado

Los jefes poseen un catálogo de maneras de reaccionar a la protesta que pueden usar para, sencillamente, y a veces sin verdadera razón, darle la vuelta a la situación. Puede ser de forma paternalista, victimista, haciendo al empleado guerrillero creer que “no fue su decisión” o actuando como si hubieran sido traicionados por él. Confundiendo, qué clásico, la legalidad con la justicia. Días después, los jefes “contraatacaron” repartiendo contratos a todas. De cero horas. Aquel nuevo trozo de papel, que yo era la única que tenía -el resto poseía contratos verbales-, no nos solucionaba nada: no incluía, como les pedimos, un mínimo de horas a la semana o un notice obligatorio antes de despedir a alguien… por lo tanto, lo de Jessica podía volver a ocurrir de nuevo. Habíamos hablado de que no deberían firmar nada… pero todas lo hicieron. Algunas de las chicas no parecían demasiado indignadas con aquella burda maniobra de los jefes. La estonia, al día siguiente, me comentó: “Ja, ¿has leído el contrato? Está prohibido fumar en la entrada de la tienda por si enfermas a los clientes. ¡Qué gracioso!”. 
Yo acepté aquella decisión, la de la mayoría, pero me interesé por qué todas habían firmado en el acto. <<Este contrato me cuadra, al fin y al cabo, porque no pienso estar en este trabajo mucho tiempo>>, reconoció una de mis comopañeras. En el fondo, adiviné, todas estaban hartas del conflicto. Yo misma había vivido en la carne cómo aquel mes de enfrentamiento sin tregua (ese desgaste de cruzarse con los jefes a cada rato, de dar explicaciones, de dar la cara, de temer ser llamados al despacho, de organizarse) erosiona la resistencia de cualquiera. El mánager inglés, como siempre paternalista, habló conmigo. Me dijo que lo de Jessica “no era importante” y que nuestro contrato de cero horas era legal.
<<Es legal, pero nos hace sentir desprotegidas; por eso queríamos cambiarlo>>, dije.
<<Pues no podéis>>, zanjó.

Sin embargo, de las reivindicaciones escritas en la carta, aún quedaba una: la de Jessica. En ella ya no pedíamos que la volvieran a contratar (ya había, con esfuerzo y dejándose en el camino casi todos los ahorros, encontrado un nuevo trabajo donde, según dijo, el trato era bastante mejor). La reivindicación era económica: 700 libras en concepto de las vacaciones no disfrutadas e indemnización. Pero la ley no les obligaba a sus exjefes a pagarle ni una libra, de modo que había que pensar en otras tácticas. Y yo, aunque ya no era mi historia, había decidido involucrarme hasta el final. A fin de cuentas, la experiencia me había demostrado muchas cosas: que la organización es posible, que la pasada a la acción no es quimérica y que un cambio, simplemente, es algo que puede alcanzarse si nos lo proponemos todos juntos.


Artículo e ilustración: Diana Moreno

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